Un robot que aplica herbicidas, nanosatélites que fotografían la Tierra, virus que se comen el cáncer, semillas que aprovechan al máximo la humedad del suelo y animales transgénicos que producen proteínas útiles para los humanos. Estos son, entre otros, algunos de los resultados de la innovación tecnológica en la Argentina, una fuerza que trabaja en forma silenciosa para lograr descubrimientos que hagan la vida más fácil y productiva.

En el área de la agricultura, el INTA desarrolló Trakur, un robot de bajo costo que se puede utilizar para la fumigación en invernaderos. Otro ejemplo, esta vez en el campo industrial, lo da la empresa IBR Solutions, que desarrolla desde 2007 robots para la industria. La idea en este caso es que el robot reemplace a la persona en tareas repetitivas, tediosas o insalubres. También se puede citar a la firma Robot Group que ha desarrollado un robot utilizando la plataforma Múltiplo con fines educativos.

“Fresco” y “Batata” pueden remitir a un tradicional postre, pero son ni más ni menos que dos nanosatélites creados en la Argentina por Emiliano Kargieman, fundador y CEO de Satellogic. ¿Su objetivo? Su propio hacedor lo explica: “Hacemos nanosatélites de unos 35 kilos de peso para tomar imágenes de alta resolución y hacer videos sobre cosas que no podemos ver con nuestros ojos. Tomamos esas imágenes, las procesamos y analizamos automáticamente para generar información valiosa para la toma de decisiones en distintas industrias, hoy con foco en agricultura y petróleo y gas”.

“La visión a largo plazo es tener una constelación de estos satélites que nos permita tomar imágenes de lo que está pasando en el mundo en tiempo real”, explica Kargieman.

Otra gran innovadora criolla es Solapa 4, una empresa que lidera Tomás Peña y está basada en Saint Louis, Missouri, y que hace dos semanas obtuvo financiamiento del venture capital de Syngenta. ¿Qué hace? Agricultura de precisión: a partir de información satelital e interpretación de las características de cada campo, mide el riesgo crediticio de aquellos a los que se les vende semilla.

Si de semillas se habla, Bioceres es la firma indicada. En biotecnología de semillas, esta compañía está interesada en hacer productos que logren que las plantas incrementen su rendimiento. Se trata de ver cómo aprovechar mejor el agua y los nutrientes. “Esta línea se llama HB4; ya se ha puesto en soja, maíz y alfalfa y permite un mejor aprovechamiento del agua en condiciones de escasez”, comenta Martín Vázquez, director científico de Bioceres e investigador del Conicet.

También en el rubro de la biotecnología de semillas, están el estudio de los microorganismos que conviven con la planta (se aprovecha el potencial de los microorganismos que ancestralmente están asociados al cultivo, les dan protección contra enfermedades y les permiten fijar mejor el nitrógeno). “Ahí lo que se necesita es «domesticar» a todos esos microbios, para reforzarles esas características”, apunta Vázquez.

Esta última parte del negocio lo maneja Rizobacter. Por eso Bioceres se asoció con esa empresa para crear Semya, a través de la cual vehiculizan nuevos productos, como tratamientos de semillas que combinan estos microbios que permiten aprovechar mejor los nutrientes. “Esto es una innovación, porque trabajamos con consorcios de bacterias que están optimizados para cada tipo de ambiente y a cada cultivo.

En el campo de la biotecnología industrial, Bioceres utiliza los desechos de los cultivos para producir biomoléculas. Usa dos modelos para producir estas biomoléculas: un cultivo vegetal (biofactoría), del cual un ejemplo es la quimosina que se usa para cuajar la leche en la producción de quesos (la innovación es que se produjo de manera totalmente limpia y con alta calidad), o una bacteria (a partir de la cual se produce una molécula de alto valor agregado, por ejemplo, un bioplástico que podría usarse en la bolsa de supermercado, que sería biodegradable).